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De la niñez en la vid a la vida en la copa

Cuando se gesta una vida, tienen lugar diversas fases con diferentes acontecimientos que permiten la evolución del proceso. La elaboración del vino también constituye el desarrollo de una vida, requiere unos cuidados especiales y una protección acorde a la delicadeza de la gestación.

En el momento en el que decidimos que nuestros viñedos van a crear vida, lo primero que debemos hacer es analizar y examinar las yemas, que darán origen al brote principal de la planta, para comprobar sus aptitudes y su estado de salud y determinar la cantidad de yemas que deben dejarse por hectárea. De esta manera, se prepara todo para que la tierra acoja en su seno a las hojas y racimos que, tiempo después, darán lugar al fruto de la uva.

Una vez que el terreno está listo y viene en camino una nueva vida, la vid, como si de una madre humana se tratase, recibe ciertos cuidados, tales como el riego, la fertilización o la poda de invierno, para evitar que el fruto que lleva en su interior se deteriore.

El tiempo de gestación llega a su fin entre los meses de septiembre y octubre, las uvas que han brotado de las vides han madurado y se tienen que despedir de sus progenitoras para crecer en su nueva vida independiente. Esta fase es conocida como la vendimia y en ella los recolectores recogen las uvas ya maduras y preparadas para formar parte del proceso de vinificación.

Los frutos han crecido y deben hacer frente a la siguiente fase lejos de su terreno natal, en un nuevo lugar: la bodega. Para la uva destinada a hacer vino, los procesos que tienen lugar en la bodega son como recibir clases en la universidad, estas se forman para convertirse en un fruto que aporte su gotita a una botella de vino que puede ser comparada con la sociedad.

Durante su estancia en la bodega, los frutos se ven sometidos a procesos como el prensado o la fermentación, para transformar su estado de sólido a líquido y empezar la fase de embotellado. La uva entra aquí en su etapa adulta, en la que deja de ser fruto para convertirse en vino.

Tras el proceso de embotellado, el vino, habiendo dejado atrás su niñez en las viñas, entra en una nueva fase: el envejecimiento. En esta fase, adopta tres estados diferentes. Por un lado, encontramos los vinos que no llegan a desarrollarse del todo, que se quedan en su pubertad, los vinos jóvenes. Este tipo de vinos han crecido lejos de las barricas y alcanzan la máxima calidad en su primer año de vida. Por otro lado, están los vinos de crianza, que han llegado a una edad algo más adulta que los jóvenes. Los Crianza ofrecen su mejor calidad en su cuarto y quinto año de vida, ya que se han formado en barricas de roble durante algunos meses.

Para continuar, nos cruzamos con los Reserva. Esta clase de vinos, que cuentan con algo más de veteranía, pasan un año creciendo en las barricas y se consumen en su sexto año de vida. También podemos encontrar vinos un poco más maduritos: los Gran Reserva. Estos deben envejecer en las barricas durante 18 meses y 42 en las botellas, por esta razón sus mejores años son el octavo y el noveno. Sin embargo, estos últimos no son los vinos más veteranos. Existen vinos más exclusivos, más ancianos, que cuentan con un ciclo de vida que puede cambiar de siglo, pero estos “abuelos” no suelen ser aptos para el consumo, sino que, la mayoría de las veces, se quedan rezagados en las vitrinas de algún coleccionista.

El vino, al igual que nosotros, nace con unas raíces, vive mejorando y muere en el recuerdo de todos aquellos paladares que han disfrutado de su sabor.